Estimados colegas:

Tras haber consultado con la mayoría de ustedes, y para preparar mejor nuestra Cumbre de Bratislava, permítanme compartir algunas reflexiones personales. Creo que es importante que realicemos una evaluación honrada de la situación actual que constituya la mejor base posible para construir juntos nuestro futuro.

I

Nos reunimos en Bratislava en un momento histórico. Veintisiete dirigentes europeos van a debatir el futuro de nuestra Unión después de que por primera vez un país haya decidido abandonar la UE. Todos nosotros sentimos que en estos momentos turbulentos, marcados por crisis y conflictos, lo que necesitamos más que nunca es confirmar el sentido de nuestra comunidad, cuyo sexagésimo aniversario celebramos en los próximos meses.

El reto que nos plantea la salida del Reino Unido de la Unión Europea no consiste solo en negociar las nuevas relaciones con el este país. A este respecto, nuestra posición debe ser clara e inequívoca («Sin notificación no hay negociación»). Las disposiciones establecidas en el Tratado en caso de salida de la UE protegen los intereses de la Unión. Nuestro objetivo en las negociaciones futuras debe ser, por una parte, determinar las mejores relaciones posibles con el Reino Unido; pero, por otra parte, hemos de atenernos al Tratado, mantener la serenidad y la coherencia y permanecer totalmente unidos y firmes insistiendo en el equilibrio entre derechos y obligaciones. Si así lo hacemos, no habrá duda alguna de que ser miembro de la Unión es algo positivo.

II

A la espera de que el Gobierno británico ponga en marcha las negociaciones, debemos diagnosticar el estado y las perspectivas de la UE tras la salida del Reino Unido. Sería un error irreparable suponer que el resultado negativo del referéndum del Reino Unido constituye un problema específicamente británico; que el euroescepticismo británico es un síntoma de aberración política o un mero juego cínico de algunos populistas que se aprovechan de la frustración social. Es cierto que la campaña a favor de la salida estuvo plagada de argumentos falsos y de generalizaciones inaceptables. Pero también es cierto que el voto en favor del Brexit es un intento desesperado por dar respuesta a cuestiones que millones de europeos se plantean diariamente, cuestiones que giran en torno a la propia esencia de la política. Preguntas sobre las garantías de seguridad de los ciudadanos y de sus territorios, dudas acerca de la protección de sus intereses, su patrimonio cultural y su modo de vida. Se trata de cuestiones que habríamos tenido que afrontar aunque el Reino Unido hubiera votado por quedarse.

Los ciudadanos europeos quieren saber si las élites políticas son capaces de restablecer el control sobre acontecimientos y procesos que los desbordan, los desorientan y a menudo los aterrorizan. Actualmente muchas personas piensan, y no solo en el Reino Unido, que ser parte de la Unión Europea impide gozar de estabilidad y seguridad.

Los ciudadanos esperan, legítimamente, que sus dirigentes protejan el espacio que habitan, y que garanticen su seguridad. Si se consolida la creencia de que hemos renunciado a esta responsabilidad, empezarán a buscar alternativas. Y las encontrarán. La Historia nos demuestra que esto puede conducir a un menosprecio general de la libertad y de otros valores fundamentales que son la base de la Unión Europea. Por lo tanto, resulta crucial restablecer el equilibrio entre la necesidad de libertad y de seguridad por una parte, y entre la necesidad de apertura y de protección por otra. En este contexto, el control eficaz de nuestras fronteras exteriores es lo primero, y tiene una dimensión práctica y simbólica.

III

El punto de inflexión fue la crisis migratoria. El caos del año pasado en nuestras fronteras, las nuevas imágenes diarias de cientos de miles de personas desplazándose por el continente sin ningún control, crearon entre muchos europeos una sensación de amenaza. Las medidas para controlar la situación, como el cierre de la ruta de los Balcanes Occidentales o el trato entre la UE y Turquía, se hicieron esperar demasiado tiempo. Entretanto, los ciudadanos escucharon con demasiada frecuencia declaraciones políticamente correctas de que Europa no puede convertirse en una fortaleza, que debe permanecer abierta. La falta de una acción rápida y de una estrategia uniforme a escala comunitaria ha minado la confianza de los ciudadanos en sus gobiernos, en sus instituciones y en todo el sistema, ya debilitado por la crisis financiera. La recuperación de esta confianza se ha convertido en una necesidad urgente, como ha demostrado con toda claridad el Brexit.

No podemos perder demasiado tiempo. Bratislava habrá de ser un punto de inflexión en la protección de las fronteras exteriores de la Unión. Debemos demostrar a nuestros ciudadanos que estamos dispuestos a protegerlos y que somos capaces de hacerlo, y evitar que se repita el caos de 2015. Para ello se requiere la plena cooperación de todos los gobiernos e instituciones europeos.

IV

Luchar con eficacia contra el terrorismo es igualmente importante. En principio todos estamos de acuerdo, y sin embargo sigue habiendo demasiados obstáculos legislativos y prácticos. Alguien debe devolver a los europeos el sentimiento de seguridad. La cuestión es quién, y por qué medios. Los principales instrumentos en este ámbito siguen teniendo una dimensión nacional, pero juntos podemos y debemos hacer más. Nuestras fuerzas policiales deben cooperar más estrechamente entre sí y con otros servicios en lo que se refiere al intercambio de información y a las operaciones. También se puede hacer más por facilitar la cooperación de los proveedores de servicios de Internet a la hora de eliminar contenidos que incitan al odio y fomentan el terrorismo. En las fronteras exteriores debemos asegurarnos de que todo el mundo sea cotejado con nuestras bases de datos, de modo que los terroristas potenciales no puedan entrar fácilmente en la UE. Y, en cada uno de nuestros países, tenemos que hacer más para combatir la radicalización. Si no hay una auténtica determinación por luchar contra las amenazas terroristas, fracasaremos en nuestra labor de poner freno a los comportamientos y actitudes radicales y cada vez más agresivos. Hasta hace poco estos solo representaban una pequeña porción de la vida política y del debate público en Europa, pero hoy en día, con creciente atrevimiento, se están convirtiendo en algo omnipresente.

La promesa de una represión despiadada contra el terrorismo ha pasado a ser uno de los principales reclamos de la extrema derecha. Además, el hecho de que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no se hayan podido evitar una serie de atentados, aumenta aún más el atractivo de su retórica antidemocrática y antieuropea.

V

Los ciudadanos también esperan que la Unión Europea proteja mejor sus intereses económicos y sociales. Especialmente hoy en día, en la era de la mundialización, es más visible que nunca la necesidad de tener acceso a una información adecuada, de que se apliquen reglas equitativas, que se establezcan unas normas claras, y la seguridad de que sus dirigentes (es decir, sus gobiernos y las instituciones europeas) les respaldarán en su confrontación con los competidores externos. Es evidente que la libertad de comercio y la competencia mundial redundan en interés de los europeos, pero es igualmente evidente que plantean retos considerables y a menudo sin precedentes.

Por esta razón, mientras seguimos trabajando en futuros acuerdos comerciales, debemos tranquilizar a nuestros ciudadanos y a las empresas europeas, y garantizarles que en este proceso representamos y protegemos ante todo sus intereses. Europa dispone de suficientes argumentos para ser un paladín de la competencia global, pero una condición indispensable para lograr este objetivo es restablecer la confianza de los principales agentes, es decir, de los trabajadores, los consumidores y los empresarios, en aquellos que les representan. También en este caso el tiempo es determinante. Si no se consigue llegar a acuerdos comerciales (y hablamos de meses, no de años) inevitablemente daremos la impresión de que el Brexit ha iniciado un proceso que nos eliminará del tapete mundial. Hoy en día los mayores participantes en el juego, como ha confirmado la Cumbre del G20, respetan y reconocen la posición de Europa como potencia comercial y económica, y como un socio atractivo.

VI

Soy consciente de que el futuro de Europa no depende solo de la forma en que gestionemos la crisis migratoria, el terrorismo y los temores inherentes a la mundialización. Devolver el sentimiento de seguridad y de orden, recuperar la confianza de los ciudadanos de la UE en sus dirigentes políticos y reconstruir la reputación de la Unión como sinónimo de protección y estabilidad son elementos fundamentales e indispensables, pero son insuficientes. Bratislava debería proporcionar también una hoja de ruta para otros esfuerzos igualmente importantes (como el desarrollo económico y social, el empleo y las oportunidades para los jóvenes, el mercado único, la agenda digital o la inversión). En las cumbres ordinarias del Consejo Europeo de octubre y diciembre deberemos tomar decisiones formales sobre estas y otras cuestiones. En el invierno de 2017 proseguiremos nuestro trabajo informal entre veintisiete miembros. Como ya he anunciado, revisaremos nuestras relaciones con Rusia en una sesión específica de la Cumbre del Consejo Europeo del mes de octubre. En diciembre volveremos a estudiar la manera de reforzar la cooperación práctica en materia de defensa para dotarla de más sustancia sin duplicar el papel de la OTAN. Más adelante también habrá que volver a tratar otras cuestiones importantes, como la unión bancaria o el desarrollo futuro de la Unión Económica y Monetaria.

VII

Después del abandono del Reino Unido, no se puede seguir como si no hubiera pasado nada. De esta crisis salimos o más débiles y discrepantes, o más fuertes y más unidos. Sobre nuestro futuro no se cierne ningún hado fatal; todo está aún en nuestras manos, en nuestras cabezas y en nuestros corazones. El potencial económico y cultural de nuestros veintisiete países y el talento y la educación de nuestros ciudadanos son más que suficientes para creer en Europa y en su capacidad para competir con el resto del mundo de forma segura y eficaz.

Nuestras insuficiencias, en comparación con otras potencias mundiales, se ponen de manifiesto en las políticas coercitivas (por ejemplo, la defensa y los poderes ejecutivos). Pero no vamos a convertir la Unión Europea en un Estado único. Por lo tanto, será fundamental que los Estados miembros cooperen entre sí en mayor medida, para aunar nuestras fuerzas en la Unión. Mis conversaciones con ustedes ponen claramente de manifiesto que la concesión de nuevas competencias a las instituciones europeas no es la fórmula deseada. Los electorados nacionales quieren tener más influencia sobre las decisiones de la Unión. Sin embargo, tomar esta dirección requiere un cambio de actitud de los gobiernos nacionales hacia la Unión Europea en cuanto tal.

Actualmente, la UE se considera a menudo un mal necesario, y no un bien común. El lema «menos poder para Bruselas», que parece atractivo en las campañas políticas, debe traducirse en las capitales nacionales como mayor responsabilidad hacia la Unión. La responsabilidad de la Unión no es sino la disposición a sacrificar parte del propio interés por el bien de la comunidad. También implica renunciar a las acusaciones constantemente dirigidas contra la Unión, que en ocasiones están justificadas, pero las más de las veces sirven de excusa fácil a los propios errores. Esta es también una de las causas del voto en favor del Brexit.

Las claves de un adecuado equilibrio entre las prioridades de los Estados miembros y las de la Unión residen en las capitales nacionales. Las instituciones deben respaldar las prioridades acordadas entre los Estados miembros, y no imponer las suyas. Esta es también la conclusión a la que he llegado tras mis consultas con ustedes.

VIII

Entre el escepticismo de los pesimistas por una parte, y el «euroentusiasmo» por otra, existe un amplio margen para generar un «optimismo realista» que debe fundamentarse en un diagnóstico crítico. Debemos hacer todo lo posible para impedir que el debate degenere en un juego de acusaciones, tan inútil y tan típico de los últimos años, o en una competición por el mejor reclamo, como «mejor Europa», «menos Europa» o «más Europa». Después de todo, alguien podría atajar con un «sin Europa».

IX

Hoy no estamos en la situación de los personajes de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. No tenemos que cambiarlo todo para que todo siga igual. Debemos corregir una serie de cuestiones para preservar lo mejor. Para ello, debemos estar dispuestos a tomar algunas decisiones difíciles, pero en realidad sencillas. No se trata de adoptar nuevos tratados ni de cambiar procedimientos. Lo que necesitamos es una firme voluntad política, e imaginación. Ha llegado el momento de hacer frente a este reto. De hecho, no hay otra solución. Atentamente.